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El Tibetan Mastiff o Mastín del Tíbet, es un perro extraordinario y de una belleza arrolladora, dotado de una particular fascinación y que ha llegado del "país de las nieves" hasta nosotros acompañado de un aureola legendaria…
De él se habla desde tiempos de Aristóteles, perro ancestral, perro de guerra, perro feroz guardián de los pueblos tibetanos, padre, en la opinión común de los estudiosos de la cinofília, de todos los molosos.
En efecto, se trata del perro más mitificado y más discutido a propósito de sus funciones, de su carácter y, no menos importante, de sus más o menos imponentes dimensiones.
Los mismos criadores, a nivel mundial, han llevado adelante, desde las primeras tentativas de cría occidental hasta el día de hoy, una nunca finalizada diatriba respecto de las características destacadas del nuestro.
La realidad verdadera está en el hecho de que el Tíbet es una tierra vastísima y las diferentes tipologías de perros se diferencian a causa de las marcadas diferencias en el territorio, sobre todo cuando se habla de la zona del Himalaya en lugar del inmenso altiplano al norte de Lhasa, la capital.
Es una opinión común, actualmente, entre los "adeptos a la causa" que la zona de origen del mítico moloso tibetano es la correspondiente al Amdo, donde se encuentran todavía junto a los nómadas, los ejemplares más típicos e interesantes.
La crianza, primeramente americana, después europea, se inició, hace algunos decenios, con ejemplares provenientes del Nepal, de la zona del Himalaya o incluso del norte de la India, siguiendo a los prófugos tibetanos.
Recientemente, los criadores taiwaneses y chinos han restituido el lustre a la raza, produciendo ejemplares notables y consonantes con la leyenda que representan, dada, sobre todo, la posibilidad por parte de esos criadores de poder obtener sujetos interesantes y puros de la verdadera zona de origen.
Mi opinión de apasionado y incurable buscador del tipo grande y potente de Tibetan Mastiff es que los criadores europeos deben, a toda costa, utilizar sangre china para potenciar y mejorar nuestras líneas y sobre todo, para restituir esa robustez y salud física que ha empezado a faltar, en mi opinión, a causa de la obligatoria consanguineidad perpetrada en la crianza europea, dada la carencia de sujetos.
Maurizio Rivoira, 2011





